Despues de haber leído la séptima y supuestamente última entrega de la saga de Harry Potter, se me hace muy dificil hacer una crítica a una serie de libros que pese a estar atravesados de cargas ideológicas que detesto profundamente, consigue mantenerte leyendo, consigue enganchar y entretener, produce una interesante experiencia estética anejable a su condición de fenómeno pop. Como ya dije en un anterior post sobre el tema, en la obra de Rowling pululan más cosas de las que a simple vista parecen, las más destacables de ellas son el marcado tono apolíneo que tiene toda la saga y el insufriblemente delicioso maniqueísmo que te machaca con una admonición constante a la responsabilidad moral, y a la toma de posiciones terminantes. Es al mismo tiempo muy british, en esa aspiración de encontrar la mayor utilidad, el mejor bien, el único correcto, por el que cabe la posibilidad de ser sacrificado o sacrificar…
Rowling ha “terminado” su saga ¡Y como la ha terminado! El libro, leído con mi pésimo inglés, me ha gustado mucho, mucha acción, mucho hechizo, mucha introspección, el paso a la adultez del “niño que vivió” a través del dolor, del sacrificio, de la amistad y de la pérdida…
El libro podría haber sido terminado de otra manera, pero no nos engañemos en general a todos nos gusta que las cosas acaben bien, a todos nos gusta que; por muy bestia que sea, por muy atroz que haya sido la acción de nuestro Odiseo particular, acabe teniendo una Ítaca sobre la que reinar… que el protagonista pueda decir que todo está bien con el mundo, que el orden y la luz que el representa estan definitivamente impuestos, atados y bien atados por y para el bien de toda la humanidad…